jueves, 9 de enero de 2014

El caballo salvaje.

Hace poco mientras estaba en una sala de cine viendo una película en la cual había una escena donde una manada de ponys trotaban libres. Se me hizo inevitable pensar en la belleza de los equinos y no es algo que haya considerado recientemente.

Recuerdo que desde muy niña me gustaron. La primera pasión era por el clásico carrusel con sus caballitos barnizados, de ahí vendría una experiencia más real, cuando en una feria, por cinco soles, podía dar una vuelta montada en tan bello cuadrúpedo.


Poco después, la visita a mi abuelo me permitió creer que al fin tenía uno, que supuestamente sería mío y podría montarlo cuando quiera.
Ese mes con "Fantasma" - así se llamaba el caballo blanco que mi abuelo buenamente me ensillaba y enseñaba a montar- fue sumamente divertido, una de las mejores experiencias podría decir.

Por ese entonces aún no se escuchaba sobre la equinoterapia, pero ahora debo suponer que de cierto modo mejoró mi vida. Me sentía segura sobre mi caballito blanco de pelaje largo y patas firmes, aún cuando asustado me llevo galopando lejos de todos, rompiendo mi ropa en los rosales del valle. Lejos de asustarme, sólo reí y me quede con ese recuerdo.

Ya en la adolescencia escuché una canción de Pedrito donde decía: "La vida es como un caballo, un caballo salvaje que uno debe aprender a montar" y tanta veracidad hay en ello.
Ya han pasado años, pero aún hasta ahora cada que llamo a mi abuelito le hago la misma pregunta:
"¿Abu y cómo esta mi caballito?"
El creyéndome ingenua aún, me responde:
"Aquí esperandote hijita"
Y yo, combinando experiencia y canción le respondo:
"Cuídamelo que aún me falta aprender a montar"

Una de esas canciones que me hizo revisar la silla.